martes, 22 de septiembre de 2009

Amanda no quiere viajar hoy, ya no. Por eso camina y con ojos bien abiertos.
Amanda salió a dar un paseo, como acostumbran las personas que disfrutan de la compañía del viento o la de los propios pasos estallando en el fondo de la propia cabeza. Caminó por los lugares que más le agradaban; disfrutó los sonidos viniendo de la noche, despejados de toda histeria; recibió miradas de infinitos mundos; adoptó como propia toda vida posible, como casa, cualquier lugar en su confinada imaginación.
Momento después las imágenes cesaron y sólo quiso cerrar los ojos y escuchar la canción que viene, aunque cerrar los ojos signifique entregarse una vez más al viaje (deshacerse de sí por un instante para personificarse en alguien más).
Ya está en casa, sentada, acariciando a su gato, cantándole a él que la percibe. Ya no quiere viajar. Entonces sólo escucha, y canta, y abraza a su gato, y comienza a dormirse esperando no soñar.
Amanda abrió los ojos, miró entre sus brazos: su gato no estaba; el sonido era el silencio. Levantó la mirada y vio caras y cosas vagamente conocidas. Entonces comprendió -o a lo mejor no- y cerró los ojos. Amanda se había ido.

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